Mini
Relatos:
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Dejé al perro hacer a su gusto. Con medio torso al
aire, los brazos echados para atrás, sentía todo el poder de las patas
traseras de Camilo contra mi pecho y entre mis orejas. El perro babeaba
y jadeaba. Yo sudaba y sentía una mar de escalofríos y sudoraciones como
si fuera presa de una fiebre espasmódica. De repente Camilo aceleró aun
más su rítmico vaivén y cuando estaba a punto de retirar mi cara, porque
ya las quijadas me dolían de tenerlas tan atenazadas, el perro trastibó,
se sacudió violentamente y pude sentir, contra el fondo de mi boca, una
explosión líquida al estrellarse una cascada densa de la descarga animal
contra el fondo de mi paladar y mi garganta.
Me atraganté. Sentí ahogarme y yo misma, no sé de
dónde, dejé escapar otra descarga, igualmente violenta, pero que esta
vez nació en lo más profundo de mi bóveda craneana y recorrió todo mi
cuerpo en sentido contrario hasta encontrar una salida justo en el
centro de mi pubis. Pude sentir con absoluta lucidez cómo se empapaba la
tela de mis calzoncillos y luego el líquido aquel escurrir por entre mis
muslos, creando un pequeño charco en el suelo. La sensación de placer
oceánico que me inundó fue parcialmente contrarrestada por un reflejo
instintivo de escupir, de vomitar el amasijo aquel que Camilo había
descargado en mi boca. Sin embargo, al querer hacerlo, acabé tragando
más líquido del que pude expulsar. |
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Finalmente me liberé de ese yugo animal que me tenía
aprisionada. A un tiempo exaltada y asqueada, me volví a incorporar.
Estaba empapada de sudor y de mi propia reacción a lo que acababa de
ocurrir. Los ojos me ardían por las lágrimas que había dejado
inconscientemente escapar. Sin mirar atrás salí corriendo en dirección
de la casa. El perro salió corriendo detrás de mí, pero yo no me atrevía
siquiera a verle la cara. Lo dejé a la entrada, confuso y gimiente.
Entré a la casa como una exhalación y subí a trancos hasta llegar al
baño.
Me metí a la ducha arrojando mi ropa sucia al cesto
de mimbre. Nunca me había restregado el cuerpo con tal furia. Dejé el
estropajo hecho una sopa y mi piel al rojo vivo. Luego me envolví en la
bata afelpada y me fui a mi recámara. Me arrojé a la cama queriendo
dormir para el resto de mi vida. Pero entre sueños, bien pronto me di
cuenta que mi mano se encontraba estratégicamente colocada entre mis
piernas y, al pie de mi ventana, podía escuchar los gemidos urgentes de
un Camilo que había comenzado a adorar. |
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